17 junio, 2011



En esa habitación no era necesario encender las luces, la luna se encargaba de dejar a la vista los detalles necesarios para que todo fuera perfecto, los ojos lentamente se acostumbraron a la penumbra.
Las manos comenzaron sus recorridos habituales, dos pares de manos dispuestos en los caminos que ya habían recorrido un millón de veces, tantearon y previeron todo, como si en sus mentes supieran exacto lo que harían después, lo sabían.

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